cargando...

Al-Axara

HOME SPA

La profesión de arriero y buhonero entre los moriscos


LA PROFESIÓN DE ARRIERO

Las profesiones de tipo más o menos nómada, como las de arriero, trajinero, recadero, recovero, vendedor ambulante o artesano ambulante, como ya hemos comentado al comienzo de este trabajo, habían sido ya usuales entre los moriscos aún antes de su expulsión general. En muchos de ellos había sido la única profesión posible al habérseles desarraigado de sus tierras e introducido en otras, en donde no se les miraba con buenos ojos, como era el caso de los moriscos granadinos, deportados después de la guerra de las Alpujarras y llevados a otros territorios en el reino de Castilla.

Hemos de tener en cuenta también las restricciones que sufrían los moriscos en el ejercicio de profesiones y de oficios, pues, en general, encontraban muchas dificultades para ser admitidos en las agrupaciones gremiales, y solían ser excluidos de todos los cargos, oficios, privilegios o concesiones, para el ejercicio de una profesión, para la cual se necesitaba una licencia especial.

Son frecuentes las alusiones que se encuentran en los legajos pertenecientes a la Inquisición, sobre declaraciones de procesos a moriscos, acerca de la profesión de muchos de ellos como muleros.

En muchos de estos documentos, recogidos por Cardaillac, podemos leer testimonios de este tipo, como el hecho de que en 1567 Lope Herrero, mulero de Deza, era el que organizaba las reuniones de moriscos en una huerta, y mucho más tarde, en los años inmediatamente anteriores a la expulsión, un morisco aragonés, que periódicamente venía a Deza a vender sus peras, y se albergaba en casa de otro morisco, el cual hacía habitualmente el viaje a la inversa, de Deza a Calatayud (el primero llevaba escondidos entre las frutas libros prohibidos). También en Deza, en 1570, Ana de Liñán, mujer de un arriero, se dedicaba a enseñar los ritos religiosos musulmanes.

Entre los cargos que se imputan contra Diego Díaz, morisco castellano, procesado en Cuenca en 1630, tras haber sido expulsado dos veces de la Península, se encuentra lo siguiente: "recogían en su mesón a arrieros y moriscos del valle de Ricote".

Son constantes las quejas que aparecen en las actas de las Cortes de

Castilla acerca de los desmanes provocados por los moriscos granadinos, dedicados sobre todo a la trajinería; sobre los moriscos extremeños se afirma que muchos de ellos se ocupaban en cosas de mercancía, la mayor parte en oficios mecánicos, caldereros, herreros, alpargateros, jaboneros, olleros y arrieros, y que su trato común era la trajinería y ser ordinarios de unas ciudades a otras.

En las Actas del Consejo de Guadalajara, con fecha 29 de julio de 1598, se dice de los moriscos de aquellas zonas: "Y lo que es peor es que conque han dado en ser tenderos, tratantes y corredores y otros oficios de comercio y abastecimiento de las ciudades y lugares..."

En uno de los informes enviados desde Madrid a la junta de prelados y teólogos reunida en el Palacio Real de Valencia, para ver de conseguir mejores resultados en la conversión de los moriscos, se dice:

"Y porque algunos, so color de arrieros, andan procurando que unos no se conviertan y que otros vuelvan atrás, sería de mucho momento que se vedasse en cuanto se pudiese, que durante el tiempo de la predicación, los moriscos no anduviesen de una parte a otra."

En los textos de Cervantes también podemos hallar referencias a esta profesión entre los moriscos. En La ilustre fregona figura la siguiente narración, hecha tras la entrada de Avendaño y Carriazo en la villa de Illescas:

"Encontramos dos mozos de muías, al parecer andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de anjeo, su coleto de ante, dagas de ganchos y espadas sin tiros".

El atavío de estos muleros, con sus amplios zaragüelles de lienzo, no admite lugar a dudas acerca de su condición de moriscos.

La misma alusión se halla, velada y socarrona, con la gracia y el ingenio único de Cervantes, en el capítulo XVI de la parte I del Quijote, en el que narra la aventura de la venta imaginada castillo. Hablando del arriero que compartía el camaranchón de D. Quijote y Sancho, encontramos la siguiente descripción:

"Sucedía a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y de todo el adorno de los mejores mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el autor de esta historia, que deste arriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aún quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Hamete Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas..."

No hay duda de que, al decir "algo pariente" de Cide Hamete, Cervantes está haciendo alusión a su condición de morisco.

Esta prueba evidente de la preponderancia morisca en esta profesión es la abundancia de nombres de origen árabe que se encuentran en el léxico relacionado con este oficio, empezando por el mismo nombre de "arriero" o "harriero", según se encuentra originariamente en Alfonso de Palencia cuando dice: "Quartarios llamaron a los harrieros assoldados que leuauan la quarta parte de la ganancia" , y en Pedro de Alcalá, que dice "harriero mayyâr", así como en Covarrubias y en el Diccionario de Autoridades.

Creo que este vocablo se formó a partir del imperativo "harre", transcripción del árabe harri´, '¡anda ligero!', imperativo a su vez de la forma II, intensificativa, del verbo hari´a, 'correr raudo, apresurarse'. Pedro de Alcalá incluye este vocablo entre los adverbios y preposiciones y dice "harre hárre", cuya transcripción pienso que debe interpretarse como el imperativo antes mencionado.

Covarrubias, en el apartado de "harre", afirma que es "palabra que se suele decir al mulo o qualquier bestia de albarda, y que por ella, quando se la dizen, eche de ver que quieren que se mueva y ande, como en la palabra "jo" que se pare"; aporta la etimología, a mi entender correcta, de Diego de Urrea, aunque no lo sea la transcripción que da del verbo árabe que aporta como étimo: él dice que es el imperativo del verbo "harreqe", que es "harrie", "que vale muévete, y corruptamente harre"; por la forma que da del imperativo, claramente se ve que no podía existir una q en la raíz, sino que ésta aparece por una mala transcripción del 'ayn original, y por tanto el verbo árabe al que se refiere debe ser, como ya hemos indicado, harija, en su forma II; la existencia del 'ayn, por otra parte, justifica la formación del infinitivo castellano como "arrear".

Según costumbre en el oficio, la exclamación del arriero suele ir acompañada de un castigo con la vara, para que la orden sea más eficaz; así, en árabe, esta forma II vale también 'asestar, herir, dar una estocada', lo que equivaldría al varetazo del mulero; las pasivas hurri´a (II) o ´uhri´a (IV), que valdrían 'ser asestado' o 'ser incitado a correr deprisa', tienen el significado de 'marchar rápidamente temblando', probablemente referido al temor de un nuevo castigo.

A este sentido se ajustan las palabras del .Diccionario dé Autoridades en el artículo "harre"; "Verbo defectivo que sólo tiene uso en el imperativo.

Voz que usan aquellos que conducen bestias de carga, o van montados en ellas, que para hacerlas caminar las avisan con esta palabra harre: a la qual, como se suelen seguir palos, si no caminan más, se hacen a ella con brevedad, y assí que la oyen marcham más apresuradamente".

La acción contraria del imperativo "¡harre!", expresada por la voz "¡so!", también la considero derivada del árabe Sa'w, 'meta', es decir 'fin de trayecto'. Pedro de Alcalá traduce "xo quedar el asno xa" (estimo que por §a'w}); el Diccionario de Autoridades escribe "jó, lo mismo que cho" y recoge dos dichos populares: "Más vale decir jó que harre" y "sin decir jó ni harre"; Covarrubias dice: "xo. Arábigo xa: vale esta parte, según Brócense". La voz árabe sa'w tiene los significados de 'extremo, extremidad, punta, cabo, objetivo, riendas, meta'; el verbo sa'â, cuyo nombre de accióri es sa´w, significa 'preceder, adelantarse a´. En el Vocabulista figura la palabra Saw, pero sin equivalente latino.

Otros nombres existen además para este oficio, de indudable origen árabe, como "almayal" o "almayar", de al-mayyâr, traducido repetidamente por Alcalá como "harriero", "recuero" y "vinatero que trata vino". También el mencionado "recuero" o "recovero", es derivado de la palabra "recua", del árabe racûba, 'montura, cabalgadura'. Igualmente, podemos mencionar: "almocrebe", de al-mukrib, 'el que carga una bestia' o 'el que llena un odre', participio activo de la forma IV de la misma raíz anterior, probablemente referido al porteador de agua o "aguador"; "anacal", de an-naqqâl, 'el transportista o porteador', usado para designar al que transporta el trigo al molino; "aljamel" o "alhamel", de al-hammâl, 'el porteador' (según Eguílaz) o de al-hammâr, 'el asnero o mulero' (según Fernando de la Ganja).

El catalán "adobet", mencionado por Pita Mercé, creo que se corresponde con el árabe ad-da'ûb, como 'trajinero'. De la etimología de "adobet" no he podido encontrar ninguna referencia, pero considero que es una voz derivada del verbo árabe da´aba, que significa, en primera acepción,'aplicarse a, esforzarse en, ser infatigable, trabajar con celo y asiduidad en alguna cosa', pero también vale como 'hacer marchar delante de sí, empujar con vigor (una bestia de carga, etc.)'; ambas acepciones compendian la labor cotidiana del artesano ambulante o "adobet", cuyo étimo creo que queda expresado en la frase recogida por Lane: rayulu da´ûbu ':alâ sâ´in, traducida por 'un hombre que se esfuerza, trabaja, se afana, o ejerce por sí mismo, y se fatiga, o el que está siempre ocupado, o persevera, con energía, en hacer alguna cosa'; este hombre, calificado como da´ûb», con el artículo, podía ser nuestro "adobet", pues daría normalmente una pronunciación romance como adob, y sólo faltaría añadir la desinencia del diminutivo catalán en -et. Esta raíz d-´-b (nombre de acción du´ûb} vale también 'cazar' y 'asustar', lo que justifica el doble sentido que puede darse al da´ub, bien como 'trajinero' o 'arriero', bien como 'ladrón, salteador de caminos', cualidades que, con frecuencia, iban unidas a los mercaderes trashumantes. En cuanto a la manera de llevar los negocios estos "trajineros", también parece estar reflejada en esta raíz, ya que encontramos la forma da´b (pl. ad´ub) como 'asuntos propios de cada uno; hábito, costumbre'.

En cuanto a la palabra "trajinero", tendríamos que partir del verbo "trajinar", cuyo origen lo considero más próximo a la lengua árabe que a la latina. En Covarrubias "traginar" es "levar cargas de una parte a otra, como hacen los recoveros, que por esta razón se llaman tragineros", y también, en el artículo "lomo", "traginar al lomo es llevar las cargas en recua". El Diccionario de Autoridades cita un texto de Solórzano que dice: "tragín o transportación de los bastimentos públicos". Si Covarrubias identifica al "trajinero" con el "recovero", hemos de ver cuál es el exacto sentido de esta palabra: la Real Academia dice que es la "persona que anda a la recova", y que ésta es "compra de huevos, gallinas, y otras cosas semejantes, que se hace por los lugares para revenderlas", por lo tanto, lo vemos también ligado con el aprovisionamiento de los comestibles o "bastimento" ('provisión para sustento de una ciudad, ejército, etc.'). Con arreglo a esta semántica, creo que "trajinar" viene de "trajín" (y no a la inversa) y éste del árabe tarhîm, nombre de acción de la forma II de rahana; esta raíz, entre otros significados, encierra el de 'tener servido de, proveer constantemente (de comida, etc.)'. De aquí pudo derivarse el catalán "tragí", así como el castellano genuino "traína" ("trahina") de la primera mitad del siglo XV.

Igualmente abundan los nombres árabes para designar a las caballerías: "acémila", de az-zâmila ('la bestia de carga'), que dio también "acemilero"; o "albardón", de al-bardawn ('el mulo romo'), y lo mismo podemos decir de las denominaciones de los aparejos y guarniciones, llamados también "arreos", "jaeces" y "arneses". Creo que "arreo" procede de ar-rawa' ('belleza que sobrecoge de admiración, magnificencia'); la palabra "jaez" (también antiguamente "jahes"), 'arnés o adorno de una caballería' y 'atavío y aderezo de personas', opino que procede del árabe yihâz o yahâz ('aparejo, utensilios, instrumentos, objetos necesarios de los que uno se pertrecha'); en cuanto a "arnés", vocablo documentado por primera vez en España en 1385, se considera derivado del francés "harneis", pero pienso que en ambas lenguas se ha derivado de un étimo común, el árabe harrâz (con posible pronunciación vulgar *harnâz), 'guarnición', nombre de intensidad u oficio, usado a veces también como de instrumento, del verbo haraza, 'guardar, vigilar (para conservar)', haríza, 'estar en guardia' o haruza, 'estar fuerte, fortificado, bien guarnecido'; este fenómeno fonético es muy antiguo en la lengua árabe.

Entre los diversos tipos de aparejo podemos citar, como de origen árabe: la "albarda", de al-barda´a ('protección del lomo de la caballería'; la "jáquima", de Sâkima ('cabezada'); el "mandil de cabeza", de mandil ('pañuelo, delantal'); el ronzal", de rasan ('cabestro, muserola'); la "enjalma", corrupción, a mi entender, de "bufet", que pudo ser la que pasó a Francia, para regresar de nuevo a España (como ha ocurrido con tantos otros vocablos), después de haber adaptado su semántica a una nueva modalidad.

La definición que de "bufete" da Covarrubias no puede ser más adecuada para relacionarla con buhûw: "Es una mesa de una tabla que no se coge, y tiene los pies clavados, y con sus visagras, que para mudarlos de una parte a otra o para llevarlos de camino se embeven en el reverso de la misma tabla. Trúxose esta invención de Alemania, y con ella el nombre; porque antes se usaban mesas que se cogían en dos medias y tenían sus bancos de cadenas por sí, que se alçavan y baxavan por los eslavones, como por puntos. En la lengua francesa no sólo significa el bufete 'mesa', pero también el aparador de plata y la mesma vaxilla”. Esta descripción parece la más adecuada para las mesas que habían de ponerse en las tiendas portátiles usadas por los "buhoneros" (cuando no era una simple bandeja colgada del cuello); incluso vemos que se le daba el nombre de "bufete" a los objetos colocados en estas mesas portátiles o anaqueles, del mismo modo que se llamaron "buhonerías" o "bujerías".

Autoridades define el "bufete" como: "Mesa grande, o a lo menos mediana y portátil...". La frase española de "abrir bufete" es probable que se originase de esta idea de desplegar esta mesa portátil para disponerse a recibir a la clientela, lo cual equivaldría a 'establecerse profesionalmente'. Esta disposición se manifiesta en la escena que encontramos en El Diablo Cojudo {tranco IX), cuando describe, en su deambular por las calles de Sevilla: ...en un gran cuarto bajo, cuyas rejas rasgadas descubrían algunas luces, vieron mucha gente de buena capa sentados con grande orden, y uno en una silla con un bufete delante, una campanilla, recado de escribir y papeles, y dos acólitos a los lados, y algunas mujeres con mantos, de medio ojo, sentadas en el suelo, que era un espacio que hacían los asientos...".

Este nombre pudo pasar a Francia y a Alemania a través de España, o bien directamente tomado de Oriente; la antigua acepción francesa de "bufet" ,'especie de mesa' (hoy "buffet", 'aparador') se documenta ya en

El siglo XII.

Una de estas típicas tiendecillas moriscas debía de ser la de Alcuzcuz, el personaje cómico de Calderón, el cual describe sus mercaderías:

"Me, que solo tener tendecilla en Vevarambla de aceite, vinagre e higos, nueces, almendras e pasas, cebollas, ajos, pimientos, cintas, escobas de palma, hilo, agujas, faldriqueras, con papel blanco o de estraza, alcamonio, agujetas de perro, tabaco, varas, caniones para hacer plumas, hostias para cerrar cartas, ofrecer llevarlas a cuestas con todas sus zarandajas."

(Amar después de la muerte, II, jornada I, escena II)

Semejantes mercancías menudas se nos describen también en La Celestina: "Aquí llevo un poco de hilado en esta mi faldriquera...; así como gorgueras, garvines, franjas, rodeos, tenazuelas, alcohol, alvayalde, e solimán, hasta agujas e alfileres". (Acto III)

Pues bien, todas estas mercadurías, muchas de las cuales llevan nombre árabe, eran las denominadas "quinquillerías" o "buhonerías", las mismas que hoy denominamos "quincalla", estas pequeñas cosas que encontramos en las mercerías, las actuales "quincallerías", siempre modestos comercios familiares, herederas directas de las viejas "buhonerías".

La palabra "quincalla" no se documenta en castellano hasta 1817, mientras "quinquillería" hemos visto que se usaba ya en el siglo XVII, hacia 1600. El francés "quincaille" si está documentado ya en 1360: como ya hemos dicho, pudo haber pasado de España, o haberse introducido directamente de Oriente.

Esta denominación de "quincalla", corrupción de una primitiva "quinquilla", pienso que no es más que un determinativo de la palabra "quinqui", equivalente a "quinquillero" o "buhonero", de la que vamos a ocuparnos a continuación.

Compartir