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Cristianos contra moriscos


Cristianos contra moriscos

Fragmento del libro "Todos son uno". Arquetipos, xenofobia y racismo. La imagen del morisco en la Monarquía Española durante los siglos XVI y XVII

José María Perceval

La relación de los moriscos con el cristiano es parecida a la de la prostituta con su cliente. Aunque la comunidad de rameras sea algo vivo, no imaginado, la prostituta "real" es sólo una tapadera de las fantasías y obsesiones del demandante, sueños a los que ella se debe acoplar. De esta forma, a través del onirismo, esta quimera se convierte en un organismo autónomo dotado de personalidad arquetípica que la define como "la prostituta", independientemente de sus rasgos personales.

En realidad, si no existiera el cliente no existiría la prostituta. De la misma forma, no es posible entender al morisco sin la comunidad cristiana que lo somete, lo explota, lo bautiza, lo estudia, lo unifica, planifica su integración y, finalmente, lo expulsa.

En otro sentido más historiográfico, los moriscos se han convertido en una suerte de reválida. No hay autor de Historia de la España Moderna que no haya pasado sobre ellos, a veces dejando fuertemente impresas las plantas de sus pies.

"Difícil será encontrar en toda la Historia de España asuntos que haya interesado tanto (no sólo a los investigadores, sino también a poetas, dramaturgos, novelistas y escritores políticos) como los de la conversión forzada, el alzamiento y la expulsión de los moriscos, sus incidentes y sus vicisitudes". Caro Baroja.

Esta memorable cita se repite en uno de cada dos estudios sobre el llamado "problema morisco", ese objeto histórico sobre el que parece que todo se ha escrito y sin el que se torna incomprensible el final de la llamada "Reconquista", limpieza de esa mancha o pecado original que es la dominación musulmana, y "la restauración de la nación española".

Márquez Villanueva situaba la continua revisión de este objeto historiográfico como "La venganza de los moriscos, un secular complejo de culpabilidad entre la apología agresiva y la permanencia del acontecimiento, que nos ha dejado presos en el laberinto de la denuncia o de la justificación. En 1964, el profesor Reglà recalcaba, partiendo de Braudel, "con optimismo indisimulado la superación de la fase polémica sobre el tema morisco y el paso hacia la fase científica".

Afortunadamente, nunca llega ese momento, ansiado por tantos historiadores, de la ausencia del sentimiento, la disputa y la pasión que sería hacer borrón y cuenta nueva sobre el pasado de la formación social cristiana que en 1609, por decisión de la cúpula de su aparato estatal, expulsó una comunidad concreta, unificándola como portadora de un mal determinado. Lo antihistórico no es la polémica sino su eliminación. En 1990, los planteamientos originales, siguen completamente vigentes:

  • ¿Podía admitir la comunidad cristiana otra que no lo fuera, es decir, integrarla dentro de su formación social, o esto le era consustancialmente imposible?
  • ¿Era posible la asimilación de la comunidad morisca (etnocidio) o era necesaria su extirpación (genocidio)?
  • ¿Fue la comunidad morisca o fue la comunidad cristiana la que creó ese todo unificado que conocemos como "morisco" o "lo morisco" (imagen)?

Todos estos problemas son propios de la comunidad cristiana, vencedora sobre el Islam de al-Andalus, poseedora de unas masas vencidas cada vez más numerosas desde 1250 y 'minorizadas' desde 1492, para ser definitivamente expulsadas en 1609. Estudiemos, pues, en primer lugar, la larga "historia de la historia de los moriscos", iniciada con los libros apologéticos sobre la expulsión, que la fundan.

Antes se polemiza sobre soluciones expuestas (asimilación-extirpación-imposibilidad de la tolerancia) y, después, se medita sobre la inevitabilidad de la medida adoptada. Son precisamente los partidarios de la extirpación, justificadores más o menos claros de la expulsión, los más interesados en construir una historia finalista que acabe en 1609 (fin del "problema morisco" que ellos construyen). Sus sucesores son los que desean acabar con la historia al mostrar que las cosas sucedieron porque sí, con lo que se reduce la historia a la meteorología.

Precisamente, nosotros intentaremos invertir la situación: la historia de los moriscos comienza en 1609 y no acabará nunca. Es la historia de las múltiples construcciones, reconstrucciones y visiones que unifican una comunidad para luego intentar expulsarla del campo de la historia. Es la historia de las múltiples apropiaciones de "lo morisco" al ras de otras polémicas que conmueven la comunidad, donde los moriscos son los negros de Hamilton, los fellahs, los nacionalistas argelinos de Lapeyre, Braudel y Jaume Fuster, los catalanistas de Dolors Bramon, los anarquistas y revoltosos cubanos de Boronat, los palestinos actuales, los trabajadores inmigrados de García Arenal... Su historia es la historia, en suma, de todo el enriquecimiento de aportaciones realizado por los diversos historiadores que han tocado este ambiguo objeto del deseo, tentación en la que pocos no han caído.

Los moriscos ocultos
De la expulsión a la historiografía liberal

"Todos los tratadistas que escriben sobre este tema en los siglos XVI y XVII publican sus obras con posterioridad a 1609 y su objetivo es justificar la medida tomada por el poder central". El Guadiana morisco ocupa este espacio (1609-1808), desde los libros justificatorios de la expulsión hasta el siglo XIX.

No sucede lo mismo fuera de España. Los viajes de los extranjeros repiten los esquemas de la síntesis ya anunciada por Richelieu, al redactar su famosa frase, tantas veces repetida, de que la expulsión de los moriscos fue "el consejo más osado y bárbaro de que hace mención la historia de todos los anteriores siglos" y ciertos autores protestantes, como Agrippa d'Aubigné, se sintieron conmovidos ante una tragedia con la que se identificaban.

España, por su parte, eliminó su pasado musulmán, mediante un mecanismo de desmemorización oficial que requeriría un estudio particular. Así, "el estudio de la lengua árabe quedará fosilizado en un olvido tan absoluto como voluntario". "La ilustración reintrodujo en España los estudios arábigos que constituyeron en el siglo XVIII toda un arma en la lucha laicista contra la iglesia" aunque, "la primera reivindicación de la presencia de elementos musulmanes en la cultura española la llevó a cabo Juan Andrés, uno de los jesuitas expulsados en 1782.

Pero, sería un trauma nacional, el exilio de los afrancesados, quien definitivamente abriría de nuevo el país a las influencias del extranjero y a "reconocerse" en los libros de los viajeros que nos visitaban. Estos viajes como los de Henry Swinburne (1775), Ricard Twist (1776), o Alexandre de Laborde, extendían por Europa la imagen de la España preromántica que recibieron los emigrados liberales al llegar a París o Londres. Los moriscos vuelven a España por el camino inverso que había seguido la novela morisca. La identificación con los moriscos de estos rebeldes expulsados en 182 y 1820, era lógica. Martínez de la Rosa, uno de los exiliados, conecta con las tendencias románticas del preorientalismo y sitúa las bases de lo que será el ambiguo orientalismo español, mucho más conmovido por un objeto que, por proximidad, debe aceptar o rechazar con inusitada violencia. El arabismo español desde el principio reivindica un al-Andalus vivo y que logra transformar Europ sumida en la miseria de la oscuridad medieval hasta llegar a influir en la escatología de la propia Divina Comedia. No importa ahora que los hispanos consideren ese mundo islamo-español como un mundo no musulmán (García Gómez). Su pirueta es demostrar que los califas bebían vino, eran heréticos o rubios, pero los ocho siglos pesan sobre un pasado.

No hay que ver en este sentido, el franquismo como una ruptura sino como la continuidad de una escuela que acentuó sus rasgos al carecer de competencia. Desde Julián Ribera (1912) a González Palencia (1939) o García Gómez con el epígono humorístico de Olagüe: "ya es axiomático que los moros españoles, en su totalidad, no eran árabes ni berberiscos de raza". En España habrían entrado menos de viente mil personas, varones para colmo, tesis que desestimó Pierre Guichard en 1974.

El Islam es una herencia aceptada culturalmente como "hispana" o rechazada como la parte "oscura" de la identidad española, en ese pasado que la aparta de Europa y del cristianismo. A veces, nos movemos en la esquizofrenia de las dos actitudes conjuntadas:

"Somos, aquí en España, una minoría de europeos que tenemos el deber y el derecho de imponernos a una mayoría de berberiscos". Miguel de Unamuno, 1901.

"Medina al-Zahra y el Escorial son exponentes de dos etapas cumbres de la vida de España". Claudio Sánchez Albornoz. Españoles ante la Historia.

El profesor JOSE MARIA PERCEVAL es autor de diversos artículos y trabajos. Ha publicado 'Israel, el pueblo elegido por un Dios celoso' (Asesa, 1992), 'Modos, modas y modales' (Planeta, 1994) y 'Nacionalismos, xenofobia y racismo en la comunicación. Una perspectiva histórica' (Paidós, 1995). Nacido en Almería, es doctor en Historia por la Ecole des Hautes Etudes en Sciencies Sociales (EHESS) de París. Asesor de la Televisión Educativa de TVE y profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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